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El hombre que halló petróleo en Venezuela

Ibsen Martínez

Ibsen Martínez

Hace cien años un bárbaro dictador que apenas se estrenaba en el “cargo”, Juan Vicente Gómez, presidía los festejos del Primer Centenario.

1911 es memorable también por otras cosas que ocurrían lejos de aquel pequeño y sojuzgado país, tan pobre como descoyuntado y palúdico. Una de ellas fue un fallo de la Corte Suprema de los Estados Unidos; la otra, una decisión del Almirantazgo inglés, brazo poderosísimo del poderío militar– que, por sobre todo, era naval– del Imperio Británico.

Entre los historiadores del capitalismo moderno ha surgido, desde los años cuarenta, el consenso de que aquel año en que las desconsoladoras cuentas fiscales de la República de Venezuela no se recuperaban aún de la tremenda crisis con que la recibió el siglo XX, dejó para siempre sentada la vocación transnacional de la industria que cambió la faz de la civilización humana: la industria del petróleo.

El fallo de la Corte Suprema americana se inspiraba en la Ley contra monopolios que lleva el nombre de un general de la Guerra de Secesión. La Ley Sherman databa de fines del siglo XIX y el fallo de la Corte puso fin a un contencioso de muchos años y quien lo perdió fue el inefable John. D. Rockefeller, cabeza de la “primera” Standard Oil. Su imperio refinador y distribuidor fue hallado culpable de prácticas cartelizadoras y obligado a desagregarse.

Aquella decisión significó el triunfo de los productores independientes del oeste americano, primordialmente empresas exploradoras y extractoras de crudo, por sobre el monopolio refinador y transportista neoyorquino que encarnaban Rockefeller y el zar ferroviario William Brickell

La decisión de la Corte venía precedida de una disparada de los precios domésticos del crudo y sus derivados. Sería meterse en terreno muy fragoso el reseñar como concurrieron el fallo de la corte suprema y la mudanza de muchas de las “independientes” texanas y californianas a México y, poco más tarde, a Venezuela. Baste saber que antes de la mudanza de las petroleras gringas del México revolucionario, aquel país seguía a los Estados Unidos como mayor productor mundial de crudo. Para 1930, había caído al séptimo lugar y Venezuela ya figuraba como el tercero del mundo.

El otro acontecimiento fue la decisión del Almirantazgo inglés – la Armada de un Imperio que todavía bajo Eduardo VII tenía a la India como joya virreinal – , de cambiar el combustible de sus acorazados de carbón a fuel oil, un derivado del petróleo. La competencia entre británicos y americanos, entre un imperio en ascenso y otro en su cenit, por asegurarse reservas mundiales había comenzado.

Lo que viene a explicar porqué una noche de 1911, en el Queen’s Park Hotel de Puerto España, en la vecina isla de Trinidad, por entonces bajo dominio inglés, un joven estadounidense que allí se hospedaba con su esposa, coincidió con quien le pareció de lejos un personaje singularmente patético: el general Cipriano Castro.

El joven se llamaba Ralph Arnold, un laureado geólogo de treinta y seis años, nacido en Marshalltown, Iowa, y quien, poco más tarde, sería contratado por la General Asphalt Company, una empresa británica, para conducir el primer exhaustivo catastro geológico de Venezuela con miras a establecer su potencial petrolífero.

Arnold, al frente de un equipo de varias decenas de geólogos, recorrió durante cuatro años diecinueve estados de una Venezuela impracticable a causa del paludismo y la falta de caminos. Pertenecía a la estirpe romántica de los geólogos de superficie que “pateaban” el terreno pues no se contaba todavía con los métodos de prospección sismográfica y mucho menos con recursos de geofísica digitalizada o de localización satelital.

Nos legó un libro insoslayable, que figura en todas las bibliografías de historia petrolera mundial: “The Fist Big Oil Hunt: Venezuela 1911-1916″ (Vantage Press, 1960).Su lectura deja la convicción de que Ralph Arnold fue el auténtico Barón de Humboldt de la Venezuela del siglo XX.

La travesía de sus equipos, desde Paria hasta Casigua, desde Paraguaná hasta el Delta, no sólo ha quedado recogida en esta antología de relaciones de primera mano, sino también en imágenes: Arnold fue un consumado fotógrafo que nos ha dejado un invalorable testimonio de la Venezuela pre-petrolera.

En uno de los muchos episodios, sus colaboradores llegan a Falcón a tiempo de socorrer con sus vituallas a los pobladores diezmados por una hambruna sobre la que el gobierno prohibía divulgar noticas. En otros, se da cuenta de las condiciones en que vivía nuestra población indígena, desde los kariña de Monagas hasta los motilones, en el Zulia profundo. Una de sus fotos estremece: la de una nube de larvas de mosquitos que impide ver la ribera opuesta del río Limón, en el Zulia profundo.

Arnold determinó, con asombrosa precisión para los métodos de su tiempo, el yacimiento de El Mene. Los resultados provisionales de su catastro decidieron a Henri Deterding, del grupo Royal Dutch-Shell a apostarle al potencial venezolano y costear el pozo exploratorio que hizo de nuestro país, para bien o mal, una nación petrolera.

Este libro– escrito y compilado por Arnold y dos de sus asociados– ha sido al fin publicado en nuestra lengua por la Fundación Editorial Trilobita (2008) [trilobita@dvaccs.com], que dirige el geólogo Andrés Duarte Vivas.

La edición contiene 342 fotografías cuyos derechos fueron adquiridos a la Huntington Library, de San Marino, California, repositoria del legado documental de Arnold, expresamente para una cuidadísima edición coordinada por el historiador Héctor Pérez Marchelli.

El título que el editor dio al libro en castellano señala hacia el instrumento de trabajo imprescinidble en aquella estapa de la geología petrolera: las botas.

Se llama “Los Primeros Pasos” y usted, ciudadano, bien o mal, de un petroestado, no debería dejar de leerlo.

[1] “Venezuela Petrolera: Los Primeros Pasos 1911-1916″, Fundación Editorial Trilobita, Caracas, 2008.

Escrito por Ibsen Martínez

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